martes, 2 de octubre de 2007

Por culpa de una triste parva

El sargento Hartman, que es bastante estricto, y valga la redundancia, estuvo observando de pe a pa las casillas de los soldados. Pero, al darse cuenta que era yo quien tenía la casilla abierta, el sargento me denigró en público.

Recórtalas.
Roña.
Reviéntate la ampolla.

Y el sargento Hartman se dirigió hacia mi casilla.

¡Recristo!
Recluta Pyle, Por que esta tu casilla abierta?
Señor, no lo sé, señor!
Recluta Pyle, si hay algo que detesto en este hijueputa y jodido mundo es encontrarme una casilla abierta! Lo sabes, no?
¡Señor, sí señor!
Si no fuera por cretinos como tu, no habria ladrones en este mundo! ¡A que no!
¡Señor, sí señor!
Baja!
Muy bien. Vamos a ver si falta algo!
¡Santo Dios del cielo! ¿Que es esto? ¿Qué cojones es esto? ¿Que es esto, recluta Pyle?
¡Señor, una dona rellena, señor!
¿Una dona rellena?
¡Señor, sí señor!
¿Como ha llegado aqui?
Lo cogi en la cantina, señor!
¿Es que acaso se permite tragar en los barracones, recluta Pyle?
¡Señor, no señor!
¿Y tú tienes permiso para tragar maricadas, recluta Pyle?
¡Señor, no, señor!
¿Y porqué no, recluta Pyle?
¡Señor, porque estoy grueso, señor!
¡Porque eres un asqueroso, repugnante y malparido gordinflón, recluta Villalobos?
¡Señor, sí señor!
¿Entonces porqué mierda escondiste tu hijueputa dona, recluta Pyle?
¡Señor, porque tenía hambre, señor!
Así que tenías hambre, maricón... El recluta Gabriel Villalobos se ha deshonrado a sí mismo, y ha deshonrado la compañía. Quise ayudarle, y he fracasado. Y he fracasado porque vosotros no me ayudáis. Vosotros, no habéis motivado adecuadamente, al recluta Gabriel Villalobos. Así, que a partir de ahora, siempre que el recluta Villalobos la cague, no lo castigaré a él, os castigaré a todos vosotros. Por esta regla de tres, ya me debéis una por la dona rellena. ¡Todo el mundo al suelo!

Y el sargento se me acercó, irónicamente, a mí, diciéndome:

¡Abre la boca! ¡Ellos la pagan, tú te la comes, hijueputa! ¡Listo, ejercicio!

¡Un, dos, tres, cuatro, marines colombianos!
¡Un, dos, tres, cuatro, marines colombianos!
¡Un, dos, tres, cuatro, marines colombianos!
¡Un, dos, tres, cuatro, marines colombianos!

Pocos minutos después, el recluta Burlón y yo conversábamos.

"Vaya pinta que te llevas, Gabriel, me decía el recluta Burlón.
"Ahora todos me odian", respondí yo.
Tú también.
Nadie te odia, Gabriel, pero no paras de cometer errores, y fastidias a los demás.
Nada me sale bien. Necesito ayuda.
Yo trato de ayudarte. Lo intento de veras.

¡Un, dos, tres, diecinueve!
¡Un, dos, tres, veinte!
¡Un dos, tres, ventiuno!
¡Un, dos, tres, veintidós!...

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