martes, 18 de septiembre de 2007

Mi pasión por el narcotráfico

Fue una maricada ejercer el periodismo. Yo, hasta hice partícipe en el asesinato de Luis Carlos Galán y el de Álvaro Gómez Hurtado, antes debieron asesinarlos por maricones y por traidores a este puto país que nada ha dejado. Posdata, he visto morir al Mexicano Rodríguez Gacha, y esto es como un mamonazo, como un baldado de agua fría que le dan al individuo que se acaba de despertar totalmente acalorado del sueño que había pasado. Ver morir a un amigo como el Mexicano es como ver la tragedia de Armero aquel desgraciado e hijueputa 13 de noviembre de 1985, gracias a Dios no he pasado tan grande e infausta tragedia.

A estas horas, dos de la mañana de martes 13, día del marinero, que aquí no hay, La Quinta Porra rebota de bote en bote: putas, camajanes, malhechores, cuchilleros, bandoleros, maricones, expresidiarios, algún alcalde de pueblo, algún inspector de barrio, Luis Pérez Gutiérrez,, y en el centro de la marejada, borracho y sin salvavidas, yo. ¿Qué van a tomar? -dice el dueño, Severiano, el responsable de esta monstruosidad.-Dos botellas de aguardiente -ordena Macario con infatuado vozarrón.

Aunque no trae revólver, manda como si lo trajera: como es diputado, si le disparan las balas rebotan contra la coraza de su inmunidad. Esta Quinta Porra, carajo, es un prodigio, arde en fuegos de artificio, tangos, mambos, tangos, pasodobles y guarachas, rumbas, danzones, boleros, aunque el traganíquel es una lástima, casi una calamidad: un armatoste de baquelita con los cristales rajados: tiroteado, acuchillado, lapidado? Lapidado, vaya, en las riñas habituales con botellas de cerveza pues piedras, como usted puede ver, aquí adentro no hay. Un verdadero mártir de nuestra felicidad: tiene los flancos rayados, la cara cortada, un ojo despanzurrado, pero el alma íntegra e íntegra la voz. Más aún, cada noche que pasa y mientras más anochece canta mejor. ¿Ahora qué está diciendo? “Ya lo verás que te voy a olvidar, que te voy a dejar y que no volveré? Ya lo verás que esta vida fatal que me has hecho llevar la tendrás tú también”. Ah sí, Leo Marini, un bolero. La gruesa aguja gira, la aguja, una puntilla, casi un clavo, casi un puñal que venden por gruesas en El Centavo Menos de Bello. La aguja gira y gira, pasa de surco en surco por el disco rayado, con su tosca punta roma acariciándolo, dándole la vuelta al mundo hasta morir en su centro. Entonces el brazo que la lleva se retira, se pliega, se levanta, vuelve al silencio y el silencio lo llenan un chocar de copas y un vocerío.-¿Cómo estás, Macario? -pregunto.-Divinamente bien.Ah, la vitrola de Severiano tiene otra bendita peculiaridad: se le echa, como a todos, una moneda de veinte por disco, pero como su mecanismo monetario no funciona (canta por amor, no por interés), Severiano debe ayudarlo a dar el paso inicial.-¿A cuál le echaste? -pregunta a gritos desde el fondo.

Malparidos recuerdos, recuerdos que nunca olvidaré. Hablemos, también, de Juan Carlos Ortiz Escobar, alias Cuchilla, y Juan Carlos Ramírez Abadía, alias Chupeta, muy amigos míos. Fueron muy astutos al esconderse de la ley, pero siempre los cogieron. También hablemos de Helmer Pacho Herrera, otro gran amigo mío, para colmo de males, cogido a tiros de improviso. Pacho Herrera, no sé dónde estás, pero te extrañaré.

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